Del discreto encanto del Pujolismo al supremacismo nacional-secesionista.

Opinión

Pareciera que en 2012 desembarcaron en Cataluña una caterva de malvados secesionistas que empezaron a asustar a los buenos catalanes. Pareciera que hasta ese momento el oasis catalán era real y todos vivíamos flotando y disfrutando del maná que el pujolismo dejaba caer sobre esta tierra tocada con la mano de Dios. Pareciera que estábamos todos los catalanitos encantados con el pujolismo, ese catalanismo dulce y acogedor que nos mecía y enseñaba a nuestros niños aquello de que El lleó no em fa por / pam i pipa, pam i pipa. / El lleó no em fa por / perquè sóc bon caçador. Pero el león secesionista empezó a dar miedo y a muchos se los llevó a su guarida.

Recuerdo, sin embargo, que en Cataluña siempre hubo gentes críticas con ese nacionalismo que la izquierda alegremente alentó y alimentó. Cuando en el 87 marcho a Mallorca ya se le veían las orejas al lleó, aunque no todos la vieron: la economía marchaba bien –al menos la crisis no era como la de ahora–, y aquí la Transición se vestía de catalanismo pujoliano. Ya se había pactado (a principio de los ochenta) el reparto del poder en España entre PP y PSOE, por un lado, y el nacionalismo catalán y vasco por otro; era el principio de que en las nacionalidades históricas siempre gobernará un nacionalista a cambio –claro– de dejar gobernar el resto de España al PP y al PSOE según tocara… Muchos, la gran mayoría, estaba encantada, viviendo en los mundos del Yuppi-pujolismo. El manifiesto de los 2.300 –año 81– había sido hábilmente olvidado, a pesar de los más de 14.000 profesores que salieron de Cataluña en aquellos años.

Supongo que cuando te tocan los cataplines es cuando tomas conciencia, y, aunque yo intuitivamente ya marcaba distancias con el nacionalismo, cuando marché no tenía aún construido un relato crítico hacia este. Militancia de izquierdas desde los 14, con dudas pero aún no formuladas, aunque siempre crítico con ciertas actitudes, ya supremacistas, en aquellas épocas.

En los años 70 el catalán era una lengua de distinción y prestigio, por lo que los pocos charneguitos que intentamos acceder a ella encontrábamos burla y rechazo. Eso se notaba mucho en el mundo laboral. Estoy hablando del período que va desde el año 73 hasta finales de esa década. Es decir, en pleno franquismo y hasta algo después de la Transición. Como siempre, el idioma, guste o no, estaba asociado al estatus social. Llegué con 8 años al Carmelo, que por si a alguien no le suena fue, y es, un barrio obrero de Barcelona.

Es con la llegada a la Generalitat de Jordi Pujol cuando se empieza a ejecutar el proyecto nacional-secesionista –llevaba preparándose desde los Fets de Palau y antes; es recomendable la lectura del libro de mi amigo Antonio Santamaría: “Convergència Democràtica de Catalunya. De los orígenes al giro soberanista”, Ediciones Akal–, y es a partir de entonces –a pesar de las reflexiones racistas de Pujol en sus libro: “La inmigración problema y esperanza de Cataluña”, 1958, reeditado en 1976– cuando, consciente de la imposibilidad de ser mayoría social sin incluir a las clases castellano-hablantes, se inicia el proceso de asimilación identitaria con, por un lado, la famosa campaña de la “Norma”, y por otro imponiendo el catalán como lengua única en la escuela. Aquí la izquierda colabora ampliamente, revendiendo el relato nacionalista como la garantía para la integración de los trabajadores en una sociedad monolingüe, ya que ese es el proyecto: hegemonía de lo identitario como garantía de una sociedad fuertemente estamental. Tras casi 40 años de asimilacionismo, las “castas” las ocupan los mismos… Las 300 familias que desde 1714 y bajo la protección del odiado Felipe V se enriquecieron y que hasta hoy han mantenido el control económico político.

La gran traición o la gran estafa.

Dice Cercas en su artículo La gran traición: «El pacto central de la Cataluña democrática lo formuló así su patriarca, Jordi Pujol: “Es catalán todo aquel que vive y trabaja en Cataluña”. Cientos de miles de emigrantes arribados de toda España en la posguerra, gente muy humilde en su inmensa mayoría, se lo creyeron; mis padres también se lo creyeron, y criaron a sus hijos en consecuencia. Es verdad que mi madre, que llegó casi sin estudios, con más de 30 años y cinco niños, no habla catalán, y por tanto es de esas personas a quienes el actual presidente de la Generalitat llamó, en un artículo memorable, “carroñeros, escorpiones, hienas” y “bestias con forma humana”; pero mis hermanas y yo no somos como ella. Nosotros no sólo vivimos y trabajamos en Cataluña, sino que adoptamos las costumbres catalanas, nos sumergimos en la cultura catalana, aprendimos catalán hasta volvernos bilingües, nos casamos con catalanes de pura cepa, educamos a nuestros hijos en catalán e incluso contribuimos con nuestro granito de arena a difundir la cultura catalana. Todo en vano. Aunque hasta el último momento hicimos lo posible por seguir creyendo que éramos catalanes, en septiembre y octubre de 2017, cuando todo estalló, supimos sin posibilidad de duda que no lo éramos.»

Traición, no. Engaño, sí. Es evidente que el emigrante, cuando llega a un nuevo lugar, no pretende poner en cuestión lo que le viene encima: es más, generalmente intenta mimetizarse con el medio. Así pues, uno está dispuesto a creerse lo que le vendan, sobre todo si podemos, algún día, “atar los perros con longanizas”, cosa que en el pueblo era imposible. Es decir, que no podemos reclamar a nuestros padres por su falta de crítica: tenían una predisposición a creérselo. Está bien aprender catalán y, si les gusta, bailar sardanas y hacer castells… y casarse con catalanes de pura cepa, eso que algunos llaman “catalanes catalanes” (y que nunca he querido entender, porque supura racismo: ¿Se imaginan que hubiera “españoles españoles” y, por otro lado, solo “españoles”?). No darse cuenta del proceso de asimilación identitaria que se empieza a implantar desde primeros años de los 80 puede tener una cierta disculpa… pero esperar hasta octubre de 2017 para darse cuenta… ¡Vale! Bienvenida sea la caída del caballo, nunca es tarde si la dicha es buena, que no lo es… En fin, que más vale tarde que nunca.

A Cercas, lo que no le perdono, es que sitúe a su madre entre los que Torra denominó “bestias con forma humana” en su ya “memorable” artículo (memorable por lo despreciable–, y no incluirse él en la misma categoría –no somos como ella– porque él había aceptado el catalanismo. Mi madre no habla catalán, y eso no es ni un defecto ni una virtud; es una realidad dada por un momento histórico dado. Cuando Torra nos insultó, nos insultó a todos los que hemos venido de otras partes de España o somos hijos de padres que lo habían hecho, hablemos catalán o no.

Mis hijos pisaron poco los esplais, centros complementarios de asimilación identitaria; aparentemente, un lugar para el esparcimiento y la educación en valores humanos, pero que partían de un hecho indiscutible: la única lengua que se utilizaba era el catalán. Ahí dejo una perla sacada de Som Esplai.

Es decir, que está muy bien que Cercas –con su capacidad de llegar a muchas gentes– se rebele y denuncie la barbarie procesista. Pero le faltan unos golpes de pecho y contrición… La cosa empezó antes, mucho antes, Javier, aunque tu no te enteraste o no te quisiste enterar.

Punto de inflexión. Del pujolismo al Procés.

Ni los hechos de septiembre y octubre de 2017, ni la sentencia del Estatut. El cambio de velocidad del nacional-catalanismo de dio a raíz de las manifestaciones de “encercla el Parlament” del 15 de junio de 2011. Palabras de Artur Mas ese día: «…ha lamentado haber tenido que llegar al Parlament en helicóptero este miércoles por la mañana para acceder al pleno que debe debatir los Presupuestos catalanes. Ha deplorado, visiblemente molesto, que en Catalunya haya que «utilizar métodos como estos para llegar (al Parlament), y además con violencia en la calle».» ¡Ah! ¡Eso sí era violencia! Los presupuestos aprobados eran los más regresivos hasta la fecha y por eso los indignados del 15M se manifestaban. Acelerar el proceso independentista, la huida hacia delante, fue la opción de nacional-catalanismo que creyó que ya estaba preparado para dar el salto hacia la secesión, además de que con la milonga del “Espanya ens roba” conseguía desmovilizar a toda la sociedad catalana.

Todos los “aparatos ideológicos del estado” controlados por la Generalitat habían hecho su trabajo. TV3 y la prensa, la escuela con su asimilación identitaria mediante la cantinela de la cohesión social y la inmersión lingüística como banderín de enganche comprado por la izquierda, los esplais, la rotulación de espacio público creando una ficción social, incluidas multas a comercios. Las cuantiosas subvenciones a todo tipo de asociaciones y fundaciones en defensa de la lengua o de reescribir la historia, el intrusismo o embebimiento en asociaciones de vecinos, de petanca, de bailes folclóricos o de padres de alumnos… miles, millones de euros engordando el Procés

Desmovilizaron a la sociedad y sustituyeron las reivindicaciones sociales por las nacionales. Pero la realidad se impuso: No son mayoría, nunca el 80% de los catalanes han reclamado el derecho a decidir ser independientes. Cierto que, en algún momento álgido, han pasado del 40%; pero el independentismo, los que están por la independencia, nunca ha llegado al 40%. Y otra cosa: el Estado Español (ahora sí hay que llamarlo así) reaccionó tarde y mal, a pesar de la clara ineptitud del sus líderes.

Y ¿dónde está la izquierda? El escrito de Rabell

Lluis Rabell encabezó la lista de Catalunya Si Que Es Pot en aquella fase de metamorfosis entre la vieja izquierda, ICV, EUiA –con sus tics autodeterministas–, y la nueva pseudo-izquierda catalana de Catalunya en Comú –instalada ya en la irracionalidad soberanista–, mantuvo cierta coherencia –junto a Coscubiela– en los aciagos días de septiembre y octubre de 2017, y finalmente fue apartado por los nuevos propietarios del nacional-peronismo catalán. Hoy en día sus escritos son una llamada a la cordura y a enderezar el errático rumbo de la izquierda.

En su último artículo –Cuando llegue Brumario– critica la reposición del lazo amarillo en la fachada del Ayuntamiento de Barcelona,  Rabell afirma sobre el lazo amarillo: «No es la enseña de quienes hemos considerado abusiva la prisión preventiva o desproporcionados los cargos de rebelión y sedición que pesan sobre los líderes independentistas. No. El lazo amarillo, denunciando la supuesta persecución de ideas políticas por parte de un España autoritaria, nos mete de lleno en el imaginario del “Procés.”» Acierta en las consecuencias, pero no desperdicia la ocasión para marcar distancias con el juicio del Supremo… Abusiva prisión preventiva y desproporción de los cargos. Ciertamente es opinable, pero lo que evidencia es que la izquierda catalana –y por ende la española– siguen instaladas –aun siendo críticas con la oficial– en una falsa equidistancia que considera pernicioso o cargado de malignidad todo lo que venga del Estado (Español)

Tal vez es hora, Sr. Rabell, de emparentar a las derechas retrógradas españolas con las derechas retrógradas catalanas… Tienen mucho en común, aunque sus identidades sean contrapuestas. Hablar de “independentistas” les da una pátina de progresismo que no merecen. La equidistancia no es la solución: tomar partido por las clases trabajadoras es empezar por negarle el pan y la sal al secesionismo.

No hay bloques: Hay un solo bloque, nacional-secesionista, que mezcla desde la ultraderecha hasta “supuestos” izquierdistas, pero que no es un bloque legitimado por una causa justa. Y al otro lado no hay otro bloque, porque lo que hay, no actúa como tal: es un conjunto de gentes que, por motivos e ideologías diferentes, no comulgan con el nacionalcatalanismo, y entienden que la Constitución es una buena herramienta, mejorable, de convivencia. Los hay nacionalistas españoles, y los hay de izquierda no nacionalista. Y son la mayoría, en Cataluña y en España.

El “no bloque” constitucionalista tiene grandes problemas para configurarse como “frente democrático”. La sombra del franquismo es alargada a derecha e izquierda: algunos por añoranza (Vox), otros por vergüenza (PP), otros por “modernos” (C’s), y la izquierda por complejo, confundiendo España con franquismo.

Insultos y abucheos en el paseíllo del vasallaje ante la Generalitat del nuevo consistorio barcelonés.

El poder municipal de Barcelona no proviene ni de la Generalitat ni del Gobierno español: se debe a los ciudadanos, auténticos soberanos municipales –no porque Barcelona sea soberana, que no lo es, sino porque es la Constitución la que articula el poder en España. Hacer un paseíllo hasta la Generalitat es un acto de vasallaje indebido que indica la profundidad del relato nacionalista. No es protocolo obligado, como sí lo es acatar la Constitución en el acto de toma de posesión de los cargos electos, que es un imperativo legal –y decir que lo hacen “por imperativo legal” es redundante, innecesario y sobre todo tendencioso, dando a entender su interés en saltarse tal promesa o juramento. Eso sí, inaceptable el comportamiento de la derechona nacionalista, que cree que el Ayuntamiento también es suyo.

Las filigranas de Colau para mantenerse en la poltrona –asumido como mal menor por muchos de nosotros como medio de impedir que el secesionismo se haga con el Ayuntamiento de Barcelona– denotan ambición personal, con o sin lágrimas –llorar emociona, pero no legitima–, y estrategia política. La debacle de votos de los Comuns siempre es más llevadera y más reversible estando como alcaldesa que como vicealcaldesa del Tete Maragall.

Ciudadanos ha optado por el cuanto peor mejor, preferían a Maragall de alcalde para poder crecer victimizándose; y no es que no lo hagan con la Colau –y menos con lo de reponer el lazo–, pero hablar a estas alturas de la deriva Rivera/Arrimadas es ya innecesario. Y Valls, independientemente de lo que haga a futuro, ha actuado con una coherencia ética desconocida en España: ha entendido que, aunque Colau sea una secesionista disfrazada, al menos nominalmente con ella el separatismo no gobierna Barcelona, que no es poco.

Acabando

A pesar de lo que Pedro Sánchez parece pergeñar –reforma del Código Penal, pacto con nacionalistas para su nueva investidura; recordad que nada de eso dijo en campaña–; a pesar que el juicio conllevará duras penas para los encausados, a pesar del mucho ruido que hagan en Cataluña y fuera los secesionistas, en Cataluña ya no es posible volver a antes de 2012, ya no es posible volver al nacional-pujolismo… hay muchos “Cercas” que han despertado, que estuvieron el 8 y el 28 de octubre de 2017 en las calles de Barcelona, y no lo permitirán. El futuro es el diálogo; pero en ese diálogo hemos de participar todos, y los partidos actuales no pueden representar a la sociedad catalana. Hay que reformar la ley electoral para que el voto de los de la provincia de Barcelona valga igual que el de los de Lérida, Gerona y Tarragona. Pero, sobre todo, la hegemonía del nacionalismo en las instituciones se tiene que acabar.

Sigue habiendo muchos huérfanos políticos en la izquierda en Cataluña. A ver qué hacemos. ¿Rabell? ¿Cercas? Ni PSC ni Comuns pueden liderar esa alternativa. Perseverar en la espera es desesperar.

Nou Barris, Barcelona. Viernes, 21 de junio de 2019

Vicente Serrano.

Miembro de la Junta Directiva de la asociación Alternativa Ciudadana Progresista.

Autor del ensayo EL VALOR rEAL DEL VOTO. Editorial El Viejo Topo. 2016

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